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Internacionales
19-06-2019 09:43

Con los mismos lemas de hace cuatro años

Trump lanzó su campaña de reelección

Con un discurso encendido, irónico y sin propuestas concretas excepto la construcción de un muro fronterizo con México, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, comenzó oficialmente su campaña para ser reelecto a finales de 2020. 


De “hacer grande América de nuevo” (2016) a “mantener América grande” (2020) va escasamente una cuestión semántica. Entre una fecha y la otra, poco ha cambiado en el discurso de Donald Trump. Este martes ha lanzado su campaña por el segundo mandato y todo parece repetir el guión. Hubo gritos de “enciérrala” dedicados a Hillary Clinton, insultos a los medios de comunicación (“CNN apesta”), ataques al establishment de Washington (“drena la ciénaga”) y, por supuesto, se coreó el santo y seña marca de la casa: “Construye el muro”.

Esto era un mitin, por supuesto. A lo largo de hora y media de discurso, entre ovaciones y autoelogios, que Trump no necesita a nadie para darse un masaje de ego, en ningún momento hubo la más mínima sospecha del caos y el drama que han caracterizado a la Casa Blanca en estos dos años y medio de gobierno. Como decía un célebre político, eso no tocaba esta noche.

El escenario de Orlando se quedó pequeño, con las 20.000 plazas ocupadas. “Si hubiera algún asiento vacío sería titular en los medios corruptos”, afirmó el anfitrión. Los planos que mostraba las cámaras constataban una realidad: la inmensa mayoría de los asistentes, muy por encima del 90%, eran blancos. Toda la familia quiso acompañar al presidente en el lanzamiento de su segunda apuesta electoral.

Pero tras el arranque en que lanzó los primeros golpes a los periodistas y a los políticos de la casta (según su visión), Trump lamentó el cerco que ha vivido en estos más de dos años de investigación – “las más grande caza de brujas”- por la posible interferencia rusa. Llegó a decir que sólo habían intentado echarle del gobierno de malas maneras, lo que calificó de grave ataque a la democracia. Y reclamó que de nuevo se busque los 33.000 emails que “borró Hillary Clinton”. Incluso dijo que si a él le cogieran borrando un solo correo electrónico, aunque sólo fuera una declaración de amor a Melania, la primera dama, “me enviarían a la silla eléctrica”.

Entre los momentos más álgidos figuran sus comentarios acerca de inmigración. Si bien no citó para nada que la próxima semana se iniciará una deportación masiva de indocumentados, como había hecho horas antes en su twitter, Trump aseguró que “estamos construyendo el muro, tendremos 400 millas más el próximo año”, aunque todavía no se ha avanzado nada. “¿Os imagináis esas caravanas de inmigrantes sin muro? Este país sería un desastre”, señaló.

Reiteró su acusación habitual de que los demócratas sólo quieren abrir las fronteras para que entren ilegales (drogas y bandas de delincuentes) “y darles el voto”. Pero les pidió a los rivales que aprueben una legislación que ponga fin a esta situación. En esta línea, criminalizó a las llamadas ciudades santuario que dan protección a los ilegales, los que ocupan los sitios de los niños estadounidenses en las escuelas, los que se quedan con los trabajos de los nacionales y provocan la caída de salarios. “Un demócrata que apoya las ciudades santuario no puede ser presidente de Estados Unidos”, dijo.

El repertorio de Trunp incluyó todos sus referentes. Acusó al presidente Obama y su vicepresidente Joe Biden (uno de sus posibles rivales en 2020) de “tontos´” que se habían dejado timar por los chinos. Al loco Bernie Sanders (otro progresista en la carrera) le despreció por pretender una sanidad universal. Otro tema recurrente:

Salvo por la retahíla de logros que se atribuye, algunos con cifras absolutamente manipuladas o inventadas, poco o nada ha cambiado. Salvo que ahora el estrado lo ocupa el presidente.

Hace cuatro años que Donald Trump descendió por al escalera de su rascacielos en la Quinta Avenida de Nueva York. Su irrupción en la campaña republicana sonó más a chiste que a apuesta real. Pero su discurso contra los indocumentados, su criminalización y la promesa de construir un muro en la frontera con México galvanizaron un movimiento que le llevó a la Casa Blanca, para sorpresa de todos, incluso de su esposa, según dicen.

Aquel 15 de junio de 2015, el showman de la tele realidad y magnate inmobiliario contrató a una claque para dar la apariencia de que contaba con apoyos y que su candidatura provocaba entusiasmo. Este 18 de junio de 2019 su apuesta para la reelección arranca desde una posición de fuerza. No le ha hecho falta buscarse actores extras. Miles de personas abarrotaron el recinto de Orlando y muchos se quedaron fuera. Los hubo que acamparon más de 24 horas para lograr hacerse con un lugar preferente y verlo más de cerca. Según el gran protagonista, lo más en un evento sin guitarras.

No hay duda de que Trump moviliza a sus bases. Pero ahí reside uno de sus problemas de cara a la reelección, por contradictorio que resulte. El presidente nunca ha intentado extender esas bases más allá de los que le votaron, y que fueron tres millones menos que a Hillary Clinton. Su discurso ha seguido siendo lo más divisivo posible ya que se ha centrado en mantener ese apoyo y mantenerlo de la manera más crispada posible. En ningún momento ha hecho un gesto para tratar de ampliar su más allá de sus fieles y convencer a los que no le votaron.

Así, a pesar del auge de la economía estadounidense, Trump emerge más vulnerable que otros que han optado a la reelección. Es el único presidente de la era reciente que ni un solo día ha logrado acercarse al 50% de aprobación ciudadana en las encuestas de Gallup.

Los demócratas han tratado en todo momento de describirlo como un fenómeno aislado en la historia de Estados Unidos y que debe ser corregido en las elecciones de 2020. “Los libros tratarán a este administración como una aberración”, aseguró el vicepresidente Joe Biden, que por ahora lidera el amplio grupo de progresistas (23 en total) que buscan la nominación para enfrentarse a Trump.

Pese a ese comentario, los republicanos que en 2016 lanzaron el movimiento “nunca Trump” han desparecido o ha sido purgados. Trump ha conseguido que el establishment del Partido Republicano –la casta en expresión modernista- se haya convertido en el partido de Trump.

Ha roto el molde, sostienen no pocos expertos. Su ego le impide ni siquiera tener un segundo de reflexión sobre posibles errores. Su mandato ha estado marcado por la investigación del fiscal especial Robert Mueller respecto a la posible ayuda que le dieron los rusos. Que el informe final indicara que no hubo confabulación –otra cosa es la posible obstrucción a la justicia- ha llevado a Trump a decir que le han “robado” dos años y pico de gobierno. Los demócratas no tienen quórum al deshojar la margarita, ‘impeachment’ (procesamiento) sí, ‘impeachment’ no.

Frente a esto, Trump incluso ha sugerido que podría optar a un tercer mandado. Algo similar se le ocurrió a Nixon en 1973. Al año siguiente tuvo que renunciar a la presidencia por el escándalo Watergate.

De momento, las pancartas de sus fans le pedían “cuatro años más”. Trump apeló a Dios y se olvidó de los problemas diarios, como la búsqueda de un secretario para el Departamento de Defensa que no sea interino tras la marcha del interino que tenía hasta ahora.